La lluvia cumple años conmigo

En todos estos años, no recuerdo 23 de mayo en que no haya caído un chaparrón de agua. Mis cumpleaños siempre han estado enmarcados por una intensa lluvia, siendo la primera de ellas en 1982.

Según tengo entendido, todo comenzó tres días antes, en el matrimonio de mi madrina y su novio, quienes, gracias a la intermediación de sus compañeros, comenzaron su noviazgo en el liceo nocturno donde estudiaban junto a mis padres. Ellos se casaron el 20 pero la fiesta fue postergada para el 22 de mayo, ha celebrarse en la calle dos del Valle.

Para aquel día mi madre se había comprado una bata azul que le quedaba perfecta con su barriguita, tenía siete meses y medio de embarazo, y ante su estado había decidido tomar, durante la fiesta, sólo dos copas de champaña (eso dice ella, yo siempre la acuso que fueron más de dos). La reunión duró hasta tarde. Y aunque el novio le dijo a mi padre que se quedaran a pasar la noche, él insistió que aún tenían tiempo de agarrar carrito hacia la casa de mi abuela que quedaba el Cementerio

Llegaron a las dos de la madrugada, todo estaba en calma. Mi madre se quitó la ropa y la colgó cerca de la cama, se durmieron rápidamente. Al despuntar el sol, mi madre despierta porque tenía muchas ganas de orinar (¿ven porqué les dije que fueron más de dos copas?) pero le pide a papá que busque la bacinilla ya que ella no quería bajar hasta la cocina. Él sube y mientras ella orina, baja nuevamente a tomar el café que mi abuela estaba colando. En ese instante, mientras bebe de su taza, mi padre escucha cuando mamá lo llama gritando. Al llegar, ella señala, desesperada, la sangre en el fondo del pote. Mi madre se viste para ir rápidamente al hospital. Según ella, aquel día no cargaban dinero ni para el taxi, por lo que deben pedirle prestado a mi uno de mis tíos.

Para agarrar un carro deben caminar varias cuadras hasta la avenida, en el trayecto mamá se resbala y antes de llegar al suelo, papá logra atajarla. Ningún carro quiere llevarlos, los taxistas alegan que parturienta dentro de un taxi, es arriesgarse a que el bebe nazca y con él, todo un día de trabajo perdido. Finalmente, un taxista decide ayudarlos, mi madre le ha jurado que por nada del mundo va a parir dentro del vehiculo.

En el camino, ella se da cuenta que no lleva consigo la tarjeta del control médico, y sin ésta no la atenderían en la maternidad. Cambian de rumbo hacia la casa de mi tía, al otro lado de la ciudad, donde mi madre se ha quedado durante los últimos meses. Al llegar, papá sube corriendo una larga hilera de escaleras. Mi madre se queda en el taxi esperando. Varios minutos después vuelven a atravesar media Caracas, rumbo a la maternidad, “Concepción Palacios” (y me disculpan el regionalismo pero caraqueño que se respete debe nacer aquí).


Inmediatamente, mi madre es recibida por el personal médico, el parto era inminente, la pasan a una sala alterna para cortar las ligaduras que mantienen cerrado el útero y evitan que el bebe salga. Su historial médico registraba que antes de mi embarazo, en su primer matrimonio, había sufrido cuatro pérdidas espontáneas, por lo que la situación se agravaba aún más. Mientras tanto, mi padre está solo, sin saber nada, pregunta a una enfermera que se encontraba en la puerta de la sala, ella responde: “la señora que acaba de entrar horita se murió… acá cargo su ropa”. Papá no sabe qué decir, pide ver la ropa y se fija que no es la bata azul que llevaba mi madre. La enfermera entra nuevamente para preguntar, se había equivocado, mi mamá estaba siendo montada en camilla para ser llevada a sala de parto.

En el justo momento cuando la camilla abría las puertas del pabellón, en ese mismo instante yo realizo mi entrada (o más bien salida) triunfal. Me había adelantado no sólo en meses sino de lugar para nacer (los años siguientes eso no volvería pasar porque siempre llego tarde a todo). Había nacido con poco más de un kilo y medio de peso, y medía 43 cm. Era muy pequeñita y no estaba bien. El ser prematura había traído como consecuencia que mis pulmones no se desarrollaran por completo y dejaran de funcionar al momento de nacer. Mamá no alcanza a verme, y mucho menos, sostenerme en sus brazos. Deje de respirar y estuve muerta por varios segundos. En la sala, papá no sabe nada de lo que sucede. Creo que ese día él aprendió a hablar con Dios y a rezar. Finalmente los médicos logran revivirme, pero eso es sólo el principio de mi odisea: oxigeno, incubadora, fototerapia, sondas, y toda una larga lista de tratamientos médicos que buscaban aumentar mis defensas. Aquellos días quedaron sellados en las muñecas de mis manos y en mi pie derecho, lugares donde llevo, en forma de estrellas, las marcas de las agujas.

Mami llora en su cuarto, las esperanzas de vida son muy pocas. Tiempo, mientras yo permanezco hospitalizada, ella es dada de alta , pero sólo abandona el hospital para ir a dormir; cada mañana está muy tempranito, y por las noches deja un tetero con su leche para que las enfermeras me alimenten hasta su regreso. Uno de esos días, cuando ella iba con mi padre a visitarme, no me encuentran en el retén, preguntan a una enfermera quien responde que yo me había muerto (sí, las enfermeras desalmadas vienen en partida doble). Ninguno haya consuelo, vuelven a preguntar y un doctor les dice, después de regañar a la imprudente enfermera, que en la noche tuve una complicación por meningitis, pero que ahora me encontraba estable en otra sala.

Ante la falta de esperanzas, los médicos deciden enviarme a casa, ya que según ellos si había de morir lo mejor es que fuera en mi hogar. Mi padre decide irse a la Gran Sabana, decisión que siempre sabré respetar porque no debe ser nada fácil ver morir a tu primogénita.

Durante los meses siguientes, mi madre se volvió una ermitaña, dejó de trabajar y no salía de casa y no permitía que nadie nos visitara por los gérmenes y enfermedades que podían afectarme. Sólo vivía para cuidarme. Dormía conmigo encima de su pecho para cerciorarse de que aún respiraba. Todas las mañanas me sacaba al patio a tomar sol. El resto del día la pasábamos solitas. Gracias a su dedicación y cuidado, tres meses después, cuando me llevó al control médico, los doctores y enfermeras no podían creer que aquella niñita que permaneció casi cuatro meses hospitalizada, rodeada de tubos y agujas, había, finalmente, sobrevivido.

Hoy, día de mi cumpleaños, estoy esperando a que empiece a llover, que el cielo me salude así como lo hizo cuando nací, durante en mi bautizo, mi primera comunión y cada 23 de mayo que he vivido. Posiblemente, por eso es que soy una llorona sin remedio, como ahora, cuando lloro al pensar que quizá no he hecho lo suficiente por honrar la vida que luché cuando pequeña, porque dicen que si uno sobrevive a un hecho como esto es tiene algo importante qué hacer en el mundo… el tiempo lo dirá.

3 exclamaciones:

Francisco Pereira dijo...

Esta es la historia de una guerrera de nacimiento, que luchó por su vida, por su espacio y por el derecho a un espacio en este mundo.
FELICDADES en tu aniversario y por esa proeza que realizaste desde bebé.

!Cumpleaño feliz, te deseamos a ti, cumpleaño "Aspacia", cumpleaño feliz!

Bendiciones para ti.

ASPASIA dijo...

jajajajja.. gracias mi querido amigo por tan bellos deseos... ahora la proeza es otra y el derecho es salir airosa...

besos

Anónimo dijo...

Te encuentro mujer mujer con profundidad estética.

Suscribete vía Email: