Pa' Maracaibo me voy

Después de varios meses alejada de esta calurosa ruta he retornado a la ciudad que tanto me ha encantado: Maracaibo. Aún ésta loca urbe no deja de sorprenderme ni de alegrarme la vida. Dicen que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde en este caso yo no sabía cuánto extrañaba esta ciudad hasta que retorné a ella. Extrañaba su calor, su luz, esa energía rebosante que me hace feliz cada vez que salgo a caminar sus calles, en fin, extrañaba la vida que nace en mi cuándo estoy acá para, finalmente, decir que aún tengo tiempo de vivir...

Maracaibo, extensa e imponente, quizá sea la ciudad más querida y odiada de Venezuela; pero, existe la seguridad de que jamás pasará indiferente para aquel que la visite por primera vez, porque Maracaibo es la ciudad más extremista del país.


En la llamada “tierra del sol amada” no existen puntos medios. Aquí podemos sucumbir ante el calor inclemente o tener la seguridad que al ingresar a cualquier recinto el vapor se condensara en tu cuerpo víctima del frío glacial del aire acondicionado.

En Maracaibo no hay lugar para la desesperanza, esta tierra nos obliga a reírnos de nuestra suerte y continuar adelante seguros que en la próxima esquina es muy probable que seamos testigo de un suceso, que en el resto de Venezuela se hace improbable pero que en Maracaibo es muy posible que ocurra.

Para alguien cuyas raíces se extienden desde el oriente venezolano, pero que ha vivido en el centro y en el occidente es muy fácil encontrar en Maracaibo un nuevo rumbo; porque ésta ciudad jamás deja de sorprenderte.

Maracaibo es una mezcla entre pueblo de provincia y gran metrópolis. Puedes caminar por sus calles, anchas y limpias, rodeadas por increíbles edificios modernos; cuando de repente, al doblar una esquina, aparece un burro viejo tirando de una carreta, que para colmo de males, es la causa de un tráfico vehicular en la hora pico.

Por otra parte, los numerosos “moles” parecen ser una extensión del famoso “Callejón de los Pobres” que se encuentra en el centro de la ciudad. Aunque éste último resulta ser más divertido y arriesgado para visitantes y lugareños, ya que goza de un colorido y calor más humano del que carecen los centros comerciales. Allí podrás encontrar de todo, desde ropa, zapatos, juguetes hasta corotos extraños que, junto a sus precios, parecen salidos de una realidad paralela. Y no sólo es por la ropa que el “Callejón…” se muestra más interesante, en él habitan todo suerte de pintorescos personajes, capaces de sacarte una sonrisa a fuerza de humor y picardía.

En éste bizarro laberinto vi el que parecía ser el pantalón más grande del mundo; encontré un libro que jamás pensé leer, conocí una señora que grita todos los días sin ninguna mella en su garganta; resistí a un empujón que casi lleva mi rostro a la espalda sudorosa de un vendedor, y sobreviví al ser atropellada por un carretillero, de los tantos que existen, quien empujaba un gran cajón de metal lleno de mercancía.

Si algún pintor se arriesga a plasmar a Maracaibo en un lienzo, tengan la seguridad que éste jamás podrá usar colores pálidos o grises. Para pintar a Maracaibo se deben usar los colores más vivos y brillantes de la paleta, nada de colores pasteles. Como dijo Rómulo Gallegos ésta es la ciudad con el cielo “más azul” de Venezuela.

Pero, no se lo digan a un maracucho, tener el cielo más azul para ellos es uno de los tantos privilegios que poseen y que sustentan su famoso “regionalismo”. Maracaibo fue la primera ciudad en poseer electricidad, la primera en tener un ascensor, la primera en que se hizo una proyección cinematográfica, la primera en donde se conoció el hielo, hasta fueron los primeros en tener una banda de rock.

El inclemente sol parece resaltar las bondades del maracucho, habitante que hace de esta tierra un lugar tan especial, gracias a su falta de “tacto” y delicadeza el marabino logra alegrarte la vida. Él es igual de exagerado y extremistas como su tierra. Su cuerpo refleja parte de lo grandes que son. No tienen carencias afectivas ni gastronómicas, y aunque tienen cierto recelo del caraqueño, reciben a todos los visitantes con la alegría que los caracteriza.

Mirar a Maracaibo desde lejos es sentir “un nudo en la garganta” porque se extraña al puente, a la Chinita y los “tumbarranchos”. A esta tierra es fácil amarla porque son sus particularidades las que se meten dentro del corazón y te hacen recordar que así somos los venezolanos: Gente alegre, buena y amiga… es decir: vergataria.

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