23-23-23
El 23 es mi número favorito. No sólo porque haya nacido en esta fecha sino porque, como el personaje de Jim Carrey, pareciera que siempre está muy cerca de mí. Confieso que como el personaje trastornado algunas veces hago sumas de los números que veo casualmente hasta que sus dígitos se transforman en el famoso 23. Pero otras veces su presencia es casi obsesiva: cuando veo el reloj un gran número de veces es el 23 que se marca en los minutos, voy por la calle y el número del taxi que pasa es el 23.La coincidencia o mi obsesión es tan grande que hace tres años cuando cumplí 23, el número parecía perseguirme camino a la universidad: estaba en los dos autobuses que abordé, en un taxi que vi por la ventana, en el número de una casa, en las camisas de varias personas. Literalmente, estaba en todas partes. Cansada de verlo, decidí que si al final de la tarde, de regreso a mi casa, lo volvía a ver, me iba a jugar el 523 (el cinco es por el mes) en la lotería. Imaginaran que volví a ver el número, pero cuando llegué a casa, entre la torta y la celebración, se me olvidó jugarlo. Y sí, efectivamente, al día siguiente cuando reviso los resultados de las loterías, el triple ganador era el 523, y no en una sino en dos loterías nacionales.
Pues bueno, el 23 aún me persigue. Algunas veces creo que me habla (sí mi locura es real), si voy en un autobús y lo veo más de tres veces, me bajo y busco el lugar que posiblemente me señala (está muy loquita la pobre), y para mi sorpresa, o me encuentro a alguien que llevaba tiempo sin ver o conozco a alguien que después se vuelve mi amigo. En fin, el 23 es un número que me encanta. Sueño con pasar un 23 de abril en Barcelona, celebrando el día del libro y de la lengua española e inglesa, y quizá, muy pronto me tatúe en la espalda ese número.
Por lo menos ya sé que en Venezuela, específicamente en el Táchira, el 23 de mayo es fecha importante, porque fue en ese día del año 1899 cuando Cipriano Castro inició su Revolución Liberal Restauradora. Y si les queda alguna duda, de la magia de esta fecha recuerden que:
- El homo sapiens tiene 23 pares de cromosomas.
- La sangre tarda 23 segundos en circular por nuestro cuerpo
- La columna vertebral tiene 23 discos.
- El 2 dividido entre 3 es 0.666: El número de la bestia.
- Julio César fue apuñalado 23 veces.
- Jordan y Beckham vestían el 23.
- Un 23 de mayo de 1934, la policía mata a Bonnie & Clyde.
- En esta misma fecha pero de año 1972 nace Rubens Barrichello, y en el 74 Mónica Naranjo (ok, no sé porqué coloqué este dato, ninguno de los dos me agrada)
El misterio del 23 (muy bueno … léanlo)
Además de una página dedicada por completo al número: Prime Curios!
Les podrá parecer exagerado pero me agrada, hoy celebro mi cumpleaños. Nací un 23 de Mayo y para mi ese hecho es magia en sí mismo.
viernes, mayo 23, 2008 | Etiquetas: curiosidades, Viajes | 5 Comments
La lluvia cumple años conmigo

En todos estos años, no recuerdo 23 de mayo en que no haya caído un chaparrón de agua. Mis cumpleaños siempre han estado enmarcados por una intensa lluvia, siendo la primera de ellas en 1982.
Según tengo entendido, todo comenzó tres días antes, en el matrimonio de mi madrina y su novio, quienes, gracias a la intermediación de sus compañeros, comenzaron su noviazgo en el liceo nocturno donde estudiaban junto a mis padres. Ellos se casaron el 20 pero la fiesta fue postergada para el 22 de mayo, ha celebrarse en la calle dos del Valle.
Llegaron a las dos de la madrugada, todo estaba en calma. Mi madre se quitó la ropa y la colgó cerca de la cama, se durmieron rápidamente. Al despuntar el sol, mi madre despierta porque tenía muchas ganas de orinar (¿ven porqué les dije que fueron más de dos copas?) pero le pide a papá que busque la bacinilla ya que ella no quería bajar hasta la cocina. Él sube y mientras ella orina, baja nuevamente a tomar el café que mi abuela estaba colando. En ese instante, mientras bebe de su taza, mi padre escucha cuando mamá lo llama gritando. Al llegar, ella señala, desesperada, la sangre en el fondo del pote. Mi madre se viste para ir rápidamente al hospital. Según ella, aquel día no cargaban dinero ni para el taxi, por lo que deben pedirle prestado a mi uno de mis tíos.
Para agarrar un carro deben caminar varias cuadras hasta la avenida, en el trayecto mamá se resbala y antes de llegar al suelo, papá logra atajarla. Ningún carro quiere llevarlos, los taxistas alegan que parturienta dentro de un taxi, es arriesgarse a que el bebe nazca y con él, todo un día de trabajo perdido. Finalmente, un taxista decide ayudarlos, mi madre le ha jurado que por nada del mundo va a parir dentro del vehiculo.
En el camino, ella se da cuenta que no lleva consigo la tarjeta del control médico, y sin ésta no la atenderían en la maternidad. Cambian de rumbo hacia la casa de mi tía, al otro lado de la ciudad, donde mi madre se ha quedado durante los últimos meses. Al llegar, papá sube corriendo una larga hilera de escaleras. Mi madre se queda en el taxi esperando. Varios minutos después vuelven a atravesar media Caracas, rumbo a la maternidad, “Concepción Palacios” (y me disculpan el regionalismo pero caraqueño que se respete debe nacer aquí).
Inmediatamente, mi madre es recibida por el personal médico, el parto era inminente, la pasan a una sala alterna para cortar las ligaduras que mantienen cerrado el útero y evitan que el bebe salga. Su historial médico registraba que antes de mi embarazo, en su primer matrimonio, había sufrido cuatro pérdidas espontáneas, por lo que la situación se agravaba aún más. Mientras tanto, mi padre está solo, sin saber nada, pregunta a una enfermera que se encontraba en la puerta de la sala, ella responde: “la señora que acaba de entrar horita se murió… acá cargo su ropa”. Papá no sabe qué decir, pide ver la ropa y se fija que no es la bata azul que llevaba mi madre. La enfermera entra nuevamente para preguntar, se había equivocado, mi mamá estaba siendo montada en camilla para ser llevada a sala de parto.
En el justo momento cuando la camilla abría las puertas del pabellón, en ese mismo instante yo realizo mi entrada (o más bien salida) triunfal. Me había adelantado no sólo en meses sino de lugar para nacer (los años siguientes eso no volvería pasar porque siempre llego tarde a todo). Había nacido con poco más de un kilo y medio de peso, y medía 43 cm. Era muy pequeñita y no estaba bien. El ser prematura había traído como consecuencia que mis pulmones no se desarrollaran por completo y dejaran de funcionar al momento de nacer. Mamá no alcanza a verme, y mucho menos, sostenerme en sus brazos. Deje de respirar y estuve muerta por varios segundos. En la sala, papá no sabe nada de lo que sucede. Creo que ese día él aprendió a hablar con Dios y a rezar. Finalmente los médicos logran revivirme, pero eso es sólo el principio de mi odisea: oxigeno, incubadora, fototerapia, sondas, y toda una larga lista de tratamientos médicos que buscaban aumentar mis defensas. Aquellos días quedaron sellados en las muñecas de mis manos y en mi pie derecho, lugares donde llevo, en forma de estrellas, las marcas de las agujas.
Mami llora en su cuarto, las esperanzas de vida son muy pocas. Tiempo, mientras yo permanezco hospitalizada, ella es dada de alta , pero sólo abandona el hospital para ir a dormir; cada mañana está muy tempranito, y por las noches deja un tetero con su leche para que las enfermeras me alimenten hasta su regreso. Uno de esos días, cuando ella iba con mi padre a visitarme, no me encuentran en el retén, preguntan a una enfermera quien responde que yo me había muerto (sí, las enfermeras desalmadas vienen en partida doble). Ninguno haya consuelo, vuelven a preguntar y un doctor les dice, después de regañar a la imprudente enfermera, que en la noche tuve una complicación por meningitis, pero que ahora me encontraba estable en otra sala.
Ante la falta de esperanzas, los médicos deciden enviarme a casa, ya que según ellos si había de morir lo mejor es que fuera en mi hogar. Mi padre decide irse a la Gran Sabana, decisión que siempre sabré respetar porque no debe ser nada fácil ver morir a tu primogénita. Durante los meses siguientes, mi madre se volvió una ermitaña, dejó de trabajar y no salía de casa y no permitía que nadie nos visitara por los gérmenes y enfermedades que podían afectarme. Sólo vivía para cuidarme. Dormía conmigo encima de su pecho para cerciorarse de que aún respiraba. Todas las mañanas me sacaba al patio a tomar sol. El resto del día la pasábamos solitas. Gracias a su dedicación y cuidado, tres meses después, cuando me llevó al control médico, los doctores y enfermeras no podían creer que aquella niñita que permaneció casi cuatro meses hospitalizada, rodeada de tubos y agujas, había, finalmente, sobrevivido.
viernes, mayo 23, 2008 | Etiquetas: familia, recuerdos, yo | 3 Comments
El primer día de las madres de mi madre...
En una de sus famosas historias, mi madre contaba (lo cuentista lo heredé de ella) que su primer día de las madres la pasó aburrida en casa. Aunque ella no lo sabía, faltaba poco para mi prematuro nacimiento, venida que al parecer fue anunciada, en extrañas circunstancias, esa misma noche.
Cuenta mi madre que estaba sola en el cuarto, en la tele no había nada bueno, y el cansancio propio de la maternidad la había obligado a acostarse temprano. Por precaución dejó encendida la luz, no vaya a ser que al levantarse para ir al baño se tropezara en la oscuridad. Ya de madrugada, mi madre, cuya capacidad auditiva se asemeja al de un murciélago, escuchó un fuerte golpe en la puerta del cuarto que la despertó de inmediato. Segura que no había sido un sueño, miró hacia la puerta y nuevamente escuchó aquel fuerte golpe, era como si un puño golpeara, en un movimiento rápido y seco, la puerta, y lo peor, es que no había nadie más en la casa. Sin temor, mi madre esperó el próximo golpe, pero esta vez lo que observó fue una sombra que se escurría por debajo de la puerta, cuya forma semejaba a un hombre con sombrero de copa. A medida que avanzaba por la habitación, la sombra se hacía más grande, siguió por el piso y en un giro repentino se dirigió hacia la cama.
Aunque nosotros lo dudamos, ella dice que jamás sintió miedo alguno. Había decidido quedarse en su sitio y ver qué o quién era aquel inesperado visitante. Mientras tanto la sombra había llegado a los pies de su cama, desplazándose con la misma parsimonia con que había entrado. Finalmente, se posó encima de su barriga , tapándola por completo pero sin pasar al pecho, y allí se quedó un buen rato. Ella cuenta, que no sentía nada, en un arrebato de valor sólo alcanzó a decir “si viniste para bien, quédate; pero, si viniste para hacer mal puedes devolverte por donde entraste”.Inmediatamente aquella sombra retrocedió el mismo trayecto por el que había entrado, y se deslizó hasta desaparecer por completo debajo de la puerta.
Para aquel que piense que todo esto fue producto de un sueño, mi madre dice que ella misma dudó de lo que había presenciado. Segura de estar despierta, se paró y abrió la puerta, nada había del otro lado. paso seguido, entró nuevamente a la habitación y observó el reloj que descansaba encima del excaparate, eran las tres y 23 de la madrugada, había dormido lo suficiente y estaba segura de nada de lo visto había sido un sueño.
Sonrie...
Cierto día caminaba por la calle, pensando cómo hacer para pagar una de mis tantas deudas. Al dar vuelta en una esquina, un hombre de mediana estatura, ojos claros, bigote de brocha y sonrisa grandotota, me aborda ofreciendo cierto paquete que llevaba en sus manos. Al principio, la impresión me señala, erróneamente, que era un evangélico quien por hablar demasiado rápido no podía entender lo que decía; pero cuando al fin fijo mi atención me doy cuenta que era un vendedor y lo que llevaba en sus manos era una torre circular de pan de pita. Él era árabe y por eso no le entendía.
Aunque me han dicho que ese pan es bueno para las dietas, aún no ostento en mi memoria culinaria alguna receta que vaya con ellas; además, con qué dinero iba a comprar si no tenía ni para una llamada telefónica. Detuve mi marcha y le dije que me disculpara pero que estaba en la carraplana, que quizá otro día que pasara por allí le compraría algo pero con la condición que me dijera cómo prepararlas.
Cuando reinicio mi camino el hombre nuevamente se me acerca, me dice —chica, ‘pérame un momento—. Él hace un esfuerzo y habla más lento que la primera vez, me pide disculpas y me dice que le responda a una pregunta: "¿de qué parte eres?". Esperaba cualquier otra cosa menos esa curiosa pregunta. A lo que él agrega: —por tu sonrisa seguramente eres maracucha o caraqueña—
Con mi cara de asombro ante su gracioso análisis, le respondo que mitad y mitad, que había nacido en Caracas pero que adoraba Maracaibo; además, ¿porqué me preguntó eso? A lo que este hombre, más sonriente que yo me responde:
—las caraqueñas y las maracuchas siempre tienen una sonrisa en los labios, a diferencia de las gochas que siempre tienen cara’e perro y jamás te regalan una sonrisa tan bella como la tuya—
No les voy a negar que el señor no se equivocaba, por estos lados cuesta conseguir una sonrisa que te alegre el día. A veces creo que es por la falta del mar, del olor a salitre o el bronceado de la costa, realmente no sé. Lo que sí les puedo asegurar que si me pagaran por mi sonrisa hace mucho tiempo sería millonaria, pero como no es así, no importa, sigo sonriendo a pesar de todo.
viernes, mayo 09, 2008 | Etiquetas: el bolso | 2 Comments

