ALBÚM FAMILIAR

De vez en cuando abro gavetas que llevan parte de mi vida y en esta ocasión, ante el apuro del efimero olvido, he tenido que digitalizar mis rescuerdos, cumpliendo con la premisa que dice que el hombre vive de ellos. Bueno, acá les dejo el resultado:





HOY EMMA CUMPLE AÑOS

Y no me refiero a este blog ni mucho menos, tal día como hoy (que cliché suena esta frase) pero del año 1927 nació mi abuelita Emma Rosa Suárez Duno; sí Diosito no la hubiera llamado hace un par de años estariamos celebrando sus 75 velitas (ahora que lo pienso fui muy ingrata porque mi memoria no posee ninguna torta que lleve su nombre). Bueno, como para mi todo es celebración en este día, sirva la oportunidad para compartir un poema escrito por mi padre y que sirve para aumentar lo significativo de este día...

Te quiero Abue.... y extraño tus tajadas...



MATERNIDAD...
De mis silos
biológicos, aluvión
de semillas
convertidas en polvo,
se esparcen en el fértil
suelo de tu mágica
molienda

Capullo en flor
que se abre a la vida;
creación divina
que bendice el amor,
don de María.
Bienaventuranza
anunciada,
maternidad celestial,
unción de Dios

Son tus entrañas
la savia nutricia
del naciente mundo
que en tu vientre
se gesta.
Henchidos pezones,
en espera calma
para el momento preciso;
ofrenda sagrada
de rico colastro
para brindar por el
Ser...

autor: Jorge Suárez

Atados... a la magia del arte individual

Reinterpretar la realidad a través de los objetos es una de las tantas vías accesibles para un creador. La preferencia por la magia y el evitar sucumbir ante la rutina es lo que tres jóvenes zulianos, con tres propuestas individuales, pero unidas a través de las ataduras que emergen sobre lo cotidiano, expondrán a partir de este 8 de marzo, y durante un mes, en la histórica Casa de la Capitulación, también conocida como Casa Morales, ubicada en el casco histórico de la ciudad marabina.


Atados es una fórmula total de tres proyectos individuales desarrollados paralelamente cada uno, con un lenguaje particular que entrecruzan, cual tejido de fuertes costuras, técnicas y medios diversos para construir un lenguaje plástico sólido y como pocos, cuya fuerza expresiva parece fundirse con el calor y particularidades que esta región ofrece.

Armando Rosales, Camilo Barboza y José Perozo sabrán aprovecharse de los corredores y jardines para exponer sus obras lideradas por la imposibilidad de la libertad, acompañadas de individuos imaginarios que bordean la experiencia de la mutación, mutilación y deformación, haciendo un texto pictórico cuya interpretación es tan fuerte como la obra.


Estos personajes mezclan su búsqueda interna e individual a través de procesos de fragmentación, cercano
a lo ritual, lanzando textos incomprendidos, aquella interminable costura de los jardines llenos de brillo con conciencia de lo kitsch (arte considerado inferior a una obra original), que le dan un carácter poético, sarcástico y algunas veces cruel.

De esta manera, el público venezolano podrá disfrutar durante un mes la interacción de estos tres conceptos que han sido "atados" a un común denominador que traslada al imaginario popular.

Sólo resta decir que ante su valía el proyecto cuenta con el apoyo de instituciones públicas y la empresa privada, las cuales en esta oportunidad apostaron por un grupo de jóvenes consecuentes y comprometidos con su trabajo plástico / visual. La exposición se completa con una estupenda presentación en vivo a cargo de las agrupaciones electrónicas, Rock n Doll's y Chirinchera Sound Sistem que complementarán el ambiente de la exposición.

pdata: Cami, todo sea por el derecho de autor...

Las piñatas y yo...

Las fiestas infantiles dejaron en mi vida un trauma del que pocas veces hablo: una profunda aversión a las aglomeraciones y todo lo que tiene que ver con personas reunidas. Ante este panorama, pueden ustedes imaginar que no soy fanática de los partidos de fútbol (apoyo 100% la opinión de Jorge Luís Borges que dice “el fútbol es popular porque la estupidez es popular”), de las marchas, las colas automovilísticas o, muy en boga durante estos días, las interminables colas para comprar leche; a esta lista se le unen los conciertos multitudinarios (claro con muy talentosas excepciones) o las discotecas.

Lo que ocurre en mi cuerpo es como si mi individualidad se viera ultrajada, una sensación de ahogo que me arrastrará al desmayo, víctima del calor, la gente y el bullicio, en el próximo suspiro. Por supuesto, después de un arduo trabajo psicoanalítico, pude entender que el posible origen de todo lo encuentro en las piñatas de mi infancia. Imaginen ustedes cómo se siente un niño que después de tratar de atinarle, con los ojos vendados, a un gigantesco monigote, tiene que sobrevivir a la mandada de devoradores de juguetes que le caen encima para tomar lo que agarra, y, por si fuera poco, como me acurrió a mí, tiene que aguantar a su madre desde lejos gritando “no seas boba, no te dejes quitar los juguetes”. ¿Qué podía hacer yo contra este rito darwiniano donde sólo el más apto sobrevive?… les aseguro que esa no era yo.

Al final terminaba llorando, con la ropa sucia, despeinada (y ustedes saben lo bonitas que somos las niñas en los cumpleaños) y con un grotesco conejo de plástico en mi mano, el único que pudo sobrevivir a la bandada de desaforados quienes sí tenían pelotas, juguetes y caramelos en sus bolsas. Lo bueno que me dejaban esas fiestas, cuando yo no era la cumpleañera, era la torta, el quesillo, la gelatina y uno que otro premio que ganaba haciendo trampa (si no me decían el número a adivinar, levantaba la venda para ver dónde estaba es descolado burro). Pero nada podía suplir el daño que me hacían las piñatas, sólo en una oportunidad pude vengarme de esta situación, fue cuando cumplí dos años que a punta de lágrimas y gritos le di inmunidad, cual toro moribundo en el ruedo, a una linda piñata con forma de muñeca, evitando que la rompieran y que tuvieran que repartir los juguetes equitativamente entre los asistentes.

Finalmente, todo esto duró hasta que un día, mientras jugaba con un niño a los carritos, llegó mi tía alarmada, me tomó de la mano y regañándome me dijo “Yoya, hasta cuándo te tengo que decir que no juegues con niños de colores extraños”, podrán imaginar la cara de la mamá de mi compañerito, quien para colmos era el cumpleañero, al momento de escuchar el humorístico comentario de mi tía. Desde ese día las invitaciones a las piñatas fueron menos, así como los regalos y las tortas. Pero haya sido para bien o para mal, ya el trauma estaba hecho, jamás volví a aguantar las multitudes.

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