Esos extraños lugares que sí me gustan

Contrariamente al post anterior donde señalé el mínimo apego que siento por los centros comerciales, hoy he de comentar sobre aquellos lugares que me "mueven el piso", esos que sin importar dónde me encuentre habrán de atraerme como el dulce a la mosca porque poseen cierta magia que hace que regrese una y otra vez sin importar cuántas veces lo haya hecho. Lugares donde soy feliz, donde la alegría se desborda y donde el aburrimiento no es una opción, por lo menos para mi. Eso sí, son lugares donde he de ir sola o con la compañía que ha de gozar con este extraño gusto con la misma intensidad que yo siento, ya que no son sitios que todo el mundo disfruta por igual.
En fin, basado en una clasificación preferencial, estos lugares son:

- Las Bibliotecas, Librerías, las ventas de libros usados o cualquier otro sitio que tenga que ver con ellos ( es que su olor es mi delirio, deberían inventar un perfume con ese aroma)

- El Mercado de "Los Corotos" (me encantaaaaaaa, no hay lugar más loco que éste)

- Las ventas de antigüedades

- El mercado a la entrada de la UCV

- Las Discotiendas


- Las Papelerías
(otra vez he de sucumbir ante el aroma del papel)


- Las Carpinterías

- Las Mercerías y venta de telas.

- Las Quincallas o Bazares

- Las venta de fruta y de hierbas

- Las Ferreterías

- Las Perfumerías

- Los Kioscos de periódicos

- El bazar de Sabana Grande con sus cd's piratas y buhoneros

- Los antiguos 999, o las tiendas de los Chinos

A estos puedo agregar muchos otros pero especialmente la manía de caminar sin rumbo para disfrutar de la arquitectura de la ciudad en que me encuentre, así como también disfruto del rostro de la gente ,a quienes desde lejos suelo intuir qué encierran sus ojos, su historia.
Sinceramente, una de las cosas que más me atraen de estos sitios es la variedad de objetos que poseen y la forma como los muestran al público; es decir, esa extraña manera que algunos tienen de ordenar las estanterías, conjugando el orden y el desorden, los colores, los tamaños, las formas y todo cuanto da sentido a la magia que tanto me atrae.

Los centros comerciales no me gustan

Los centros comerciales no son recintos que me roben el sueño, porque algunas de sus características, como distribución espacial y visitantes, muchas veces me hacen considerarlos producto diseñados exclusivamente para el consumo y no a las interacciones sociales. Por supuesto existen hermosas excepciones, pero en su mayoría se me muestran como espacios fríos y frívolos, carentes de calor humano. Lugares estructurados para el consumo rápido y de poco disfrute espiritual. El más antiguo ejemplo lo tenemos en el diseño de los sitios de comida rápida, lugares donde los colores, la forma de las mesas y las sillas te dicen “come rápido y sal de aquí”, y que muy pocas veces resultan ser del todo cómodos para una placentera conversación.

Algunos podrán alegar que los habitantes de las ciudades de hoy en día encuentran en los Centros Comerciales un escape libre de la violencia e la inseguridad diaria, además, de que allí puedes encontrar todo lo que desees. Como dice mi madre “entre gustos y colores no han escrito los autores”, y en mi caso, respetando las opiniones contrarias, puedo decir que por encima de una aparente seguridad se encuentra el disfrute pleno y el poder encontrar cosas nuevas capaces de estimular nuestros sentidos de diversas formas que hacen de la novedad una experiencia espiritual. Por si fuera poco, considero que el 60%, aproximadamente, de los visitantes participan de una especie de “auto-tortura” ya que su poder adquisitivo solo le permite “ver vitrinas”, comer un helado, ir al cine o soñar, desear, aspirar o envidiar otra realidad.

El mayor de los ejemplos en cuanto a la frialdad de estos lugares lo encuentro en las famosas tiendas de “Tecniciencias”. A pesar de ser una librería, tiene cierto aire deshumanizado, que en nombre de la adoración que siento por los libros lo he llegado a definir como la sensación que siente cuando entras a un cementerio, en este caso a un “bibliocementerio”. Porque más allá de los libros debidamente clasificados, la cantidad de libros, la tapa dura, y el olor a nuevo; increíblemente, no te invita al disfrute de la lectura ya que la magia de otras librerías no se siente en este lugar, y lo que aquí vivimos jamás podrá compararse a la sensación que siente aquel que encuentra un extraño ejemplar producto del regateo o la casualidad.

Aun así, existen características de estos centros que me llaman la atención: la proxémica y el lenguaje de los cuerpos de quienes interactúan dentro de ellos. El cómo se estructura una forma única de comunicación, muy similar entre los diversos grupos sociales que encontramos, y el observar cómo la máxima interacción posible es entre un consumidor y un vendedor (cuyo rostro olvidarás fácilmente) o entre los acompañantes. Si bien son espacios visitados por gran cantidad de personas, se tiene la contradictoria sensación de soledad, precisamente, creada por la poca acción recíproca entre unos y otros.

Posiblemente ustedes dirán que mi opinión es producto de mi gusto fuera de época y podría decirles que tienen algo de razón, pero más allá de la nostalgia no experimentada, puedo decir con toda seguridad que los centros comerciales no me roban el sueño. En cambio, me fascina enormemente la venta de libros usados debajo del puente de Fuerzas Armadas, porque cómo dijo una amiga “ahí hasta el moho vale”, por supuesto, meses después cuando no opinaría lo mismo cuando adquirió una conjuntivitis por un extraño hongo que encontró entre las páginas de uno de los libros. Pero aún así no cambio esa sensación de encontrar un pequeño tesoro, entre el polvo y las montañas de libros usados, que ostenta orgullosamente una dedicatoria llena de historia. Como tampoco cambio una buena conversación en algún barcito ”arrabalero” o un local de exclusivo diseño, una visita al Ávila, o una simple caminata alrededor de la ciudad, por ir a encerrarme en un centro comercial. Lo siento, pero lo mío es disfrutar del cielo que me cobija y la gente que aún queda por conocer.



Nota: el peor de los centros comerciales que he visitado es el Sambil San Cristóbal. La persona que lo diseñó debería ser desterrada para siempre como arquitecto. No existe centro comercial más feo y pequeño que este. Su diseño al parecer no tomó en cuenta que en todo el estado Táchira no existe un mall con las características del Sambil, por lo que acarrearía una demanda impresionante de consumidores, y la consecuencia de que el espacio y el estacionamiento fueran insuficientes, además del fastidioso ruido que se genera (aún con poca gente se escucha el bululú amplificado de las personas), logrando que este lugar en vez de relajarte y ser del disfrute de todos se convierta para algunos en una desagradable y estresante experiencia.

Recordando con la lengua...


Si en algún momento declaré que mi memoria descansaba en el sentido del olfato, hoy debo aclarar que mi nacionalismo lo hace en el paladar. Con el paso de los años he aprendido que si existe una característica cultural que nos define como pueblo, es el sentido del gusto. Hablo del increíble archivo gastronómico que posee cada venezolano que se sienta a la mesa y que nos identifica sea cuál sea el lugar dónde nos encontremos.

Nuestra relación cultural basada en los alimentos y la forma en que los consumimos se inician desde un abordaje familiar distinguido por las recetas que pasan de generación en generación; claro está, a esta característica si se quiere individual, se le agrega la influencia del territorio donde se ha desarrollado. Por ejemplo, a pesar de que todos comemos arepa de maíz precocido, me he encontrado que en algunas casas, especialmente en el Táchira, le agregan ingredientes que van desde la leche y huevos hasta mayonesa, mantequilla y queso; lo curioso es que en mi casa lo máximo que le agregamos es sal y agua; aunque, últimamente, inspirados por la necesidad de “mejorar la técnica”, disolvemos la sal en agua tibia para evitar los detestables grumos. Y si a esto le agregamos que en nuestro país también puedes encontrar arepas de maíz pelado y pilado, de chicharrón, de trigo, de queso, de plátano, de yuca, de coco (estas dos últimas las tengo en mi lista de “por probar”), fritas, horneadas, al fogón, y otras más cuya existencia desconozco; podríamos decir que hay manjares derivados del maíz para rato (y eso que no mencioné a las cachapas, los bollos, los pasteles, el pan o el casabe) lo que nos lleva a pensar que es una delicia comer en Venezuela.

Nuestra identidad gastronómica queda afianzada cuando orgullosamente aclamamos: ¡La mejor hallaca es la de mi mamá! En mi caso, mi madre no sólo hace la mejor hallaca (la misma cuya preparación decembrina supera el equipo de ensamblaje de la Ford) sino el mejor asado negro, las mejores caraotas, el mejor “arroz de residuo” (llamado así por mi hermano menor por que su principal ingrediente son todos aquellos “pedacitos” de alimentos que quedan al final de la quincena), la mejor sopa de res, el mejor pollo al horno (aunque el mío entra en la competencia) y todos aquellos platos con los que alimentó mi crecimiento; aunque, hay uno muy particular que se encuentra arraigado en nuestro gusto de hijos, un plato que con pocas variables pensamos habrá de llegar a toda nuestra descendencia y algunas amistades, ya que es fue nuestra primera comida sólida cuando bebés, y cuya sencilla y peculiar preparación llama la atención de quienes nos acompañan a la mesa. El plato no es otra cosa que sacarle la “masita” a la arepa del desayuno, agregarle un poquito de mantequilla y del acompañante que más nos guste (particularmente mis hermanos prefieren el huevo, yo el queso o las caraotas) y aplastarlo con la mano o un tenedor. Una comida muy sencilla pero que nos hace pensar sí lo que nos gusta es su sabor y textura o los recuerdos que desata.

Si alguien ha de competir con la sazón de mi madre es mi abuela… bueno, mis abuelas. Isabel, la madre de mi mamá, es una doña de la cocina. Levantó a su familia a punta de fogones, platos y alimentos que preparaba en los comedores del Hipódromo de la Rinconada. Ella es fenomenal con esas manos capaces de crear con unos simples ingredientes el mejor pollo del mundo. Insuperable, hasta para el más diestro de los cocineros. Con decirles que en vacaciones mi hermano engorda unos cuantos kilos cuando va a visitarla, porque, aunque no es muy dada a los cariños físicos, ella se hace sentir en cada plato que prepara. Curiosamente, si falta algo en la nevera ella de inmediato va a comprarlo, porque dice que cuando joven supo lo que es pasar hambre y por ello no quiere ver más nunca una nevera vacía.

Por su parte, mi abuela Emma era un sol. En sus plátanos fritos se encuentra el plato típico de la familia Suárez. Nadie como ella para preparar las mejores tajadas del mundo, nadie como ella para consentirme con sus arepitas fritas y el delicioso queso frito que tantas veces me sirvió siendo una niña. ¡Ay, Diosito!. No importa que tan lejos estemos, cada uno por su lado recuerda en sus tajadas a las tajadas de mi abuela. ¡Cuanto las extraño en verdad! Ahora que lo pienso, preparar tajadas no es trabajo fuera de este mundo, pero las de mi abuela Emma eran unas tajadas insuperables. Recuerdo que cada vez que iba a su casa me decía “Yoya ¿quieres algo de comer?” y yo respondía que quería sus tajadas con quesito. ¡Ay, abuela, qué falta me haces…! y aquí donde estoy, rememorando sabores, platos y momentos, con un nudo en la garganta y una lágrima en la ventanita del ojo, pienso que te me fuiste con tus tajadas que jamás volveré a probar…

Lo siento, la lágrima se me escapó… y es saladita.

Un árbol con RAICES profundas.

Treinta años han pasado desde que se atrevieron a sembrar canción en su propio suelo, treinta años de andar y descubrimientos, exaltando la música venezolana que se incrustó en ellos y en sus instrumentos, porque el conocerla a fondo, el estudiarla, el sentirla y el vivirla, les ha permitido llevarla a escenarios tan diversos que van desde Estados Unidos, Puerto Rico, Bárbados y gran parte de nuestro territorio nacional.

Hablamos del grupo Raíces de Venezuela, quienes celebraron este sábado 10 de noviembre, a las ocho de la noche, en el recién inaugurado teatro, “Luís Gilberto Mendoza”, de la Unidad Vecinal, treinta años de vida artística, acompañados de la Orquesta Sinfónica “Simón Bolívar” del Táchira, dirigido por el maestro Cesar Iván Lara.

Sorpresivamente, el evento contó con un numeroso público que no nos tenía acostumbrado a su asistencia (por lo menos en esta ciudad) a este tipo de eventos; posiblemente, durante este tiempo nos habíamos equivocamos al pensar que al tachirense no le gustaban los conciertos sinfónicos, sino que no tiene los espacios idóneos, como el tan solicitado Teatro Municipal, para su disfrute. Mas, este pequeño recinto fue casi suficiente para el disfrute de todos. Digo “casi suficiente” porque el teatro, “Luís Gilberto Mendoza”, aún requiere de ciertos detalles, como el aire acondicionado, para su completo desempeño. Si sólo el gobierno dejará de vanagloriarse por las obras que inaugura a medio hacer, podríamos decir que por lo menos una de ellas ha hecho correctamente; pero no, en esta oportunidad, vale más la gigantesca pancarta que te recibe a la entrada con la frase de “Gracias presidente Chávez por el rescate del teatro de la Unidad Vecinal”, y los pendones que afean el lugar, que el criterio estético de una obra.

A pesar de esto, indudablemente el protagonista de la noche fue la buena música. Iniciamos nuestro cadencioso paseo con el Danzón Nº 2 de Arturo Márquez, interpretado por la Orquesta Sinfónica “Simón Bolívar”; seguidamente, “Clarinada para Clarinete y Orquesta Sinfónica” del maestro Aldemaro Romero, se apodera del escenario, en ese instante se eleva la algarabía, el desaparecido maestro regresa a nosotros, inunda nuestros oídos y nos declara que la muerte jamás podrá opacar el talento de quienes logran trascender el tiempo. La interpretación solista de Julio Moreno es impecable, sus dedos demarcan la gloria aldemaresca, y la batuta de César Iván Lara guía paulatinamente la calidad interpretativa de la orquesta. ¡Qué buenos músicos tiene el Táchira! Y la noche aún apenas comienza. Curiosamente, cuando tratamos de darle rostro a quienes observamos en el escenario, tratamos de apelar al programa de mano, pero los rostros no son los mismos, las fotografías delatan su antigüedad y la falta de actualización. No importa, el público quiere más.

Y los homenajeados aparecen. Al escenario sube Raíces de Venezuela, el público se levanta, aplaude su aparición a sabiendas de que sus ansias musicales van a ser saciadas, son treinta años que testifican la maestría de cinco hombres: Orlando Moret (1era mandolina), Jesús David Medina (2da mandolina), Domingo Moret (flauta y guitarra), Héctor Valero (bajo acústico), Pablo Camacaro (cuatro). Un andar musical que algunos habrá de parecer sencillo pero que realmente en la práctica requiere una entrega total, y que durante esta noche quedó “enraizado” en el público que disfrutó del “estreno mundial” del arreglo sinfónico de “Trocitos de Raíces” y de “Diptico Sinfónico”. El público se levanta, los aplausos se desbordan, Raíces saluda, sale del escenario y vuelve a entrar, el coro de “otra…otra…” llena la sala y el disfrute vuelve a comenzar.

Tres piezas más fueron obsequiadas en la noche del sábado, casi al finalizar el maestro Domingo Moret toma el micrófono para conversar con el público, entre la alegría de la celebración siempre hay lugar para la nostalgia, y él en ese momento, entre el gracias por la asistencia, con voz baja, recordó que hace un año exactamente la celebración fue un tanto dolorosa, ya que ese día su compañero y amigo, el maestro David Medina, partió para no volver. Por mi parte, recuerdo que ese día, a pesar de que su muerte había acaecido en horas de la mañana, en la noche ellos lo homenajearon en un emotivo concierto, pero como dijo el maestro Moret “Dios fue muy generoso porque nos dejó a su hijo Jesús David”, músico cuya indudable juventud distorsiona un poco junto a las encanecidas cabezas de quienes acompaña, pero que desaparece del todo cuando talentosamente interpreta las piezas que antes interpretará su padre.

Mientras esto ocurre, a algunos se nos hace un nudo en la garganta y pensamos en lo bello qué es ser venezolanos, en la grandiosidad de nuestra música que da para todo hasta para los grandes escenarios mundiales. Tiene razón maestro Moret, para querer más a nuestro país nuestros muchachos, en todas las orquestas de Venezuela, deben tocar nuestra música, así aprenderán amarla como ustedes lo han hecho a través de las Raíces que nos han obsequiado y que no sabemos cómo agradecer; pero si de algo sirve: Gracias, muchas gracias, maestros.

Del gusto por el arte


Cuando divisamos un encuentro irremediable con el arte, nuestra primera impresión —subjetivada— pareciera hallar respuestas a cada una de las interrogantes que fueron planteadas antes y durante el descubrimiento. Esta firme impresión constituye un beneplácito para el espíritu; pareciera, que en apenas unos segundos toda la “verdadradica en nuestra interrelación con la obra; la misma, que habremos de hacer nuestra porque la impresión nos obliga apoderarnos de ella bajo la forma del gusto. Analíticamente el término transferencia acciona cada una de nuestras respuestas, que han de requerir la presencia de un referente (las acciones pueden activarse hacia la obra misma o el autor) que se constituye, en parte, como el verdadero detonante afectivo.

No hay ingenuidad en el espectador que emite una respuesta, sea cual fuere, frente a una obra artística.

Por lo tanto, el saber científico-analítico no escapa de la admiración y el gusto hacia el objeto. Ante esta situación no ha de ser condenatoria la actitud del autor que se presenta apoyado, primeramente, en la transferencia, como experiencia gozosa encontrada en la obra de tal o cual artista; mas, cuando se plantea la necesidad acuciosa de la investigación el gusto pasa a formar parte de los ya mencionados referentes, es decir, permanece vaporoso, casi etéreo sobre la solidez de los planteamientos. A modo de resumen: las sensaciones expuestas frente a un objeto artístico como producto de una interrelación mnemónica e instintiva y que pretende constituirse científicamente, deberá conducir correctamente todo ese potencial creador, dirigiéndolo hacia discusiones y resultados concretos.

"No se amilane!!! "

La frase del titulo fueron las palabras que me dedicó por correo electrónico un caballero tejedor. Una persona a quien no sé cómo agradecerle el apoyo que desinteresadamente me ofrece y quien en poco tiempo se ha convertido en un gran amigo. Es que no ha sido solamente el título el que ha subido mi ánimo sino el contenido de la misiva, palabras que sin proponérselo llenan los espacios de la duda y el temor, los borran por completo y que te dicen que existe otro camino, o que por lo menos que el que tú ahora transitas puede hacerse menos escabroso. A él no sé cómo agradecerle y por ello le dedico este post.
Si les parece extrañas mis palabras sólo puedo decir que, aunque no lo parezca, tengo un miedo terrible a la escritura ... jejejeje.. y lo peor es que soy periodista. No es un miedo a las palabras en sí, sino al escribir mal, a escribir sin sentido, a lo que piense el otro. Miedos horrorosamente estúpidos porque el deber de quien escribe muchas veces es no pensar para quien escribe. Ya lo dijo Horacio Quiroga en su décalogo "No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno
(...)"; pero, a mi se me olvida, mi memoria no es la mejor de todas y se me olvida. A eso le agregamos que mi disciplina no es precisamente uno de mis dones.
Pero, cuando la amnesia aparece, los miedosos apelamos a los amigos, a sus frases, a su apoyo. Crees en ti mismo porque alguien cree en ti. Y continúas , sigues adelante , cómo no hacerlo cuando lees algo como esto:

"El proceso de esculpir, al iguar que al de pintar o escribir, comprende de un primer tramo en el que cuesta emplearse. Un rústico período donde el miedo te impide el ejercicio. Un miedo que incita a la deserción y a la fuga; cualquier dato del entorno atrae tu atención, te arroba y te seduce en detrimento del trabajo. Si te esmeras y consigues salvar ese obstáculo haciendo un denodado esfuerzo por concentrarte, lograrás consagrar un buen número de horas diarias a la creación. A esta fase del oficio, que es lo mínimo que se le exige a todo iniciado, y no conlleva otro propósito que fijar la atención en lo que se hace. Se dice fácilmente, pero no lo es. Muchos se ven obligados a echar mano de insospechados recursos para conseguirlo. No obstante la mayoría se queda en la carretera. Es la etapa a la que hay que aspirar. Se logra, pero supone demasiado sacrificio, demasiado tesón. El diálogo con la obra entraña períodos de gran concentración en los que el escritor, el músico, el pintor, se cuece en si mismo en un torrencial monólogo interior, se acrisola y avanza hacia un punto desconocido, pero puede llegar el salto. No suele ocurrirle a muchos, pero si sucede el universo cobra sentido, los materiales se acoplan y las piezas encajan y la belleza te comienza a sonreir . Es la fase de las endorfinas, el trabajo te hace segregarlas, el placer se vuelve un estado y la concentración un vicio, a la postre sobreviene la adicción por la obra, la euforia por sus pormenores, y ningún cataclismo logrará desprenderte de la piedra, del piano o de la página en blanco. Si por error algo -cualquiera cosa- consigue apartarte de tu labor te asaltará el sindrome de abstinencia y lo pagarás con sangre. en ese omento estaras trasegando el verdadero territorio del arte, y a partir de entonces sólo te manejarás con calidades y detalles de ese tenor, no pensarás en mercado, en dinero, en gloria ni en ingún otro tipo de apego, y ya no podrás sustraerte de ese portento. Gloria o dinero te parecerán vacuos fuegos de artificio, eructos obsenos de los que no entienden ni conocen el éxtasis de crear. Y aunque te distraigas en otras cosas, tu mente simpre estará en la tela, en el yeso, o en el bronce. Al salvar esa marca, al cruzar esa línea, no habrá vuelta atrás."

Y tiene razón usted señor Francisco, se lo agradezco mucho más de lo que puede imaginarlo. Gracias por esas palabras que magistralmente sacó del libro "Puntos de Sutura", de Omar Marcano. Gracias... muchas gracias...

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