Con Tàpies en los ojos

Encontrar la obra de Antoni Tàpies en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas fue darle cuerpo y sentido a un gusto inacabado, cuyo nacimiento ocurrió varios años atrás en una clase cualquiera y a través de un video. Nada elegante confesión pero si les vale de algo sincera.

Observar a Tàpies en pleno proceso creador fue el anclaje perfecto hacia la presencia de quien se descubría ante mis ojos como un verdadero mago cuyos poderes de presdigitación son capaces de transformar la conciencia del colectivo por medio de una profunda reflexión individual. Ese día me encontré con un domador de bestias, poseedor de un inconciente que se desplaza entre el vaivén cadencioso del lienzo y la pintura, pero que jamás parece detenerse por que trasciende los límites de lo físico o lo real. Su búsqueda es una búsqueda en sí mismo, es la transmutación del cuerpo y del alma, simbolizados en cada uno de los materiales que otros podrían considerar mundanos. Barniz, polvo, arena, zapatos, pies, etc., cualquier material impensable es “perdonado” por Tàpies quien, finalmente, los eleva sobre sus condiciones originales y los ennoblece. Y es en ese instante, en medio de un acto de redención y vida, cuando Tàpies se me hace más mágico, más alquimista, podría decir que casi un “Bautista”.

Aquel encuentro me condujo a través de un viaje hacia la sabiduría de la simplicidad, del color y la textura; la misma que da sentido a una filosofía, casi onírica, cercana al pensamiento oriental. Acercarme a Tàpies fue presenciar la paz del meditante que se eleva y se funde con el caos, enseñando que todos somos parte de una totalidad, eterno retorno de la vida y la muerte.

El Cuento de un Ratón Lector


Cierto ratón un día decidió buscar aventuras lejos de la vieja fábrica de muebles donde había crecido. Tan pequeño como era, se metía en las casas vecinas para evitar los carros y carrozas que amenazaban con aplastarlo en las enormes calles; en cambio, en ellas encontró, mujeres asustadas por su presencia y gatos hambrientos que querían cenarlo. Aún así, continuaba adelante en su viaje, conociendo nuevos y amigos, a parecer no tenía rumbo fijo, pero en el fondo sabía que encontraría un lugar donde pudiera quedarse por una larga temporada, hasta la siguiente aventura.

Pasaron los días, mientras dormía a gusto en un vaso de cartón, una gota de roció fue a parar en su nariz, sorprendido, chocó su cabeza contra un trozo de madera a lo que inmediatamente se formó un gran chichón. Mientras se sobaba y terminaba de despertarse, miró a lo lejos una gran luz de un ventanal. Ningún otro edificio reflejaba los rayos del sol de tal forma, y no sólo eso, la gran puerta de madera tallada que adornaba la entrada parecía llamarlo. Inmediatamente, salió corriendo sin pensar en las personas que podían aplastarlo, como pudo llegó a un huequito que había en la pared de aquel edificio por donde entró sin ser visto.

Al ingresar no pudo creer lo que observaban sus ojos, enormes estantes llenos de libros, los mismos donde su abuelo, años antes le había contado que existían mientras le enseñaba las letras humanas. Eran páginas y páginas de historias y cuentos sin conocer, paisajes y lugares exóticos donde jamás había estado, sueños y leyendas que quería hacer suyas sea como fuera.

Sin pensarlo dos veces apuró sus patitas y subió por una escalera próxima a la entrada. Subió y subió, hasta llegar al lugar más alto de aquel edificio, lugar donde se encontraban los libros que ya nadie leía y que, como el libro de filosofía que transformó en casita, se deshacían llenos de hongos y polillas. Lo bueno de aquel rincón, lleno de polvo y telaraña, era que desde allí podía acceder a cualquier lugar de la biblioteca. Subía y bajaba por las paredes y estantes sin ser visto para aprovechar cuanto libro era dejado entreabierto por los usuarios. Algunas veces, según fuera el peso y el tamaño del libro, podía empujarlos hasta un lugar seguro donde disfrutaba solito de agradables lecturas.

Pero con el tiempo las cosas cambiaron, y lo que un día fue un hobby se convirtió en una obsesión. No hacía nada más que leer, excepto cuando algún vecino lo interrumpía para preguntarle cómo estaba y qué hacía, a lo que él respondía, con una mirada de rabia, que “sólo leía... sólo leía”.

El tiempo pasó y el pequeño ratoncito en Don Ratón se convirtió. Por tantas lecturas sus ojos se desgastaron y lentes tuvo que usar, sus bigotes crecieron hasta confundirse con una barba grisácea. Casi no salía de su rincón, y llegó a cambiar su antigua casa debajo de la Biblia por un destartalado escritorio del depósito, donde nadie, ni siquiera doña Cucaracha ni don Zancudo, acudía a visitarlo por estar demasiado lejos. Todo lo que le importaba era su gran sabiduría, y los libros que aún no alcanzaba a leer, le fastidiaba la respiración de los humanos, el hablar de sus amigos; ni siquiera contestaba las preguntas que le hacia ña Mariposa sobre las flores, no tenía tiempo para eso aún le quedaban muchos libros por leer, además, aquella era una pregunta fácil de responder, casi absurda, y explicarla sería algo improductivo.

Pero un día, ni Cucaracha ni Zancudo vieron a ratón, pensándolo bien, llevaban varias semanas sin verlo, pero eso no importaba, al fin y al cabo nadie quería hablar con él, se había vuelto huraño y odioso; pero a pesar de todo, seguían siendo sus amigo y se preocupaban por él. Lo buscaron en todos lados, debajo de la mata de la sala de lectura, en el potecito donde echaban las virutas de los lápices y en el estante de los juegos; lo buscaron en la sección de Viajes, Psicología, Libros de Autoayuda y Geografía; también lo hicieron en sus secciones favoritas de historia universal y literatura latinoamericana, pero nada, ninguno pudo hallarlo.

Finalmente, y después de mucho buscar fue la señorita Chiripita quien lo encontró: el pobre estaba tieso y aplastado debajo de una gigantesca Biblia antigua, de nada le sirvieron los libros de medicina, ni los de primeros auxilio, el pobre ratón llevaba cinco días muerto debajo de aquel enorme ejemplar, hasta que lo sacó la señora de la limpieza cuando empezó a oler. Su cuerpecito destripado terminó en una bolsa de basura, casi nadie lo lloró y al poco tiempo lo olvidaron. Los libros continuaron en sus estantes, desgastándose o pasando de mano en mano entre los lectores humanos. Sólo un pequeño ratón a kilómetros de distancia recordó su nombre, era un ratoncito que sabía la historia de un tío lejano que había partido buscando aventura y jamás regresó.

Enrique(z) y su poesía de la mente

Enrique Enríquez es una de esos seres que sin conocerse en persona, transfiere una empatía genial. Con sólo leer su nombre, pareciera que se presenta dos veces, sin dejar paso a la duda y al olvido. Si lo encuentras, por casualidad, entre estos navíos y mares digitales, no dejes de contactarlo, puede ser curioso para algunos o revelador para otros… eso simplemente lo decide quien acuda a él.

Quienes deseen conocerlo pueden acceder a través de esta página: http://enriqueenriquez.net/ . Les recomiendo, a su vez, que entren a http://blog.myspace.com/enriqueenriquez , acá encontrarán lo que él llama su “poesía de la mente”: una mirada muy particular al inconciente del otro. Él lo define como:

"un proyecto acerca del rol del artista como proveedor de imágenes inspiradoras. Imágenes que no se asientan en ningún sustrato físico, sino que nacen de la relación que el artista crea con una persona del público, y perviven luego en la mente del participante, desdoblándose como una mancha de aceite. Es un proyecto que nace de mi interés en la relación entre oráculos y poesía, y en las coincidencias que encuentro entre la figura del mago y el artista…”

Sólo tendrías que enviarle una foto a su correo personal donde aparezcas lo más nítidamente posible, el resto es cosa de la comunicación.

Verdaderamente, es todo un personaje este individuo, y delirando puedo decir que se parece haber salido de alguna cartilla escolar, quizá del libro Coquito, donde todos los personajes tienen sonrisas a medio camino, pero que sin saber cómo sonríen para ti y te caen bien.

Este fue el mensaje que su poesía de la mente me dejó:

“Hace poco eras una tortuga, nadando instintivamente en el silencio cálido de un mar quieto como un vientre materno. Pero ahora tu caparazón está estallando, y una versión renovada de ti misma emerge de su soledad, con un deseo furioso de ver y vivir, de pararte en el mundo por ti misma y absorber, o aceptar, todo aquello que hasta hace poco rechazabas, devolviéndolo al mundo como si no fuese tuyo.
"Éxito" para ti en este momento, significará trabajar. No "lograr" sino "estar." Dale a tu creatividad un espacio en el que pueda fusionarse con tu intuición. Permite que se reúnan allí todos los días sin mayores agendas. Usa tu elegancia y sensibilidad para transformarte en una mujer barbuda que vive detrás de tu oreja derecha. Ella tiene la respuesta. Ella sabe qué es lo que hay más allá de la prosperidad material, la salud, y el logro, pero no te lo dice, porque no te haría ningún favor. Entender una respuesta no es lo mismo que vivirla”

No sé si decirles que acertó… pero puedo confesar que algunas palabras despertaron cierta fibra dormida…

Experiencia (des)personalizada

La experiencia puede ser asimilada, aprehendida o compartida, consiente o inconsientemente, pero jamás podrá ser robada porque se niega a ejercitarse en mentes perezosas cuyos minúsculos recintos parecieran ahogar su inherente libertad. Después de alojarse en el individuo adecuado, la experiencia debe ser nutrida sustanciosamente para su mejor goce, en caso contrario, quedará reducida a un inútil recuerdo para ser desechado en el instante menos esperado.

Para darle larga vida a la experiencia no basta con sólo alimentarla, el individuo deberá aprovecharse de ella como si fuera el mejor de los oportunistas para comprender el por qué y para qué de su aparición. Si en este acto, de razonable beneficio, el individuo experimenta algún remordimiento o incomodidad, no debe existir preocupación alguna, la divulgación se encargará de expiar las culpas aparecidas, de no ser así, habrá que apelar a la somnolencia de la memoria, lugar donde ese primer impulso podrá descansar apaciblemente.

En tiempos en donde la experiencia está acompaña con raudales de información, especializaciones y demás competencias que hacen hablar, y alardear, al individuo contemporáneo, es necesario hallar verdaderos receptáculos de conocimientos donde se pueda afianzar el hombre eficaz. Para un estudiante, que de un momento a otro, supera los artilugios del aprendiz con la firme intención y convicción de presentarse como diestro en algún arte u oficio, resulta contradictorio asumir lo que hasta ese instante jamás se había enfrentado: abandonar el atuendo de aprendiz de aula para transformarse en un aprendiz de campo. Ante esta situación, los estudiantes se ven obligados a construir un nuevo traje que sirva para los momentos de lluvia laboral y sequía monetaria. La primera decisión será reforzarlo con cada palabra, versículo y concepto aprendido en clase, y/o con el comentario de algún compañero que los haya antecedido en la práctica. Creen que vestidos de esta forma pueden alejarse definitivamente, o por unos cuantos días, del recinto de enseñanza y así enfrentarse a los retos que se presenten en el pequeño trayecto que los separa de un titulo universitario: validación de su esfuerzo y el de terceros.

Contrario a los cálculos y variantes, previamente orquestados, a los primeros días de uso el traje se arruga: seguidamente, las costuras se deshilachan y las rasgaduras afean su superficie. Al pasar el tiempo, próximos al final, sólo quedan jirones y despojos de lo que un día, no muy lejano, fue una hermosa vestidura que finalmente se transformó en un tejido hilado con apariencias, supuestos y demás contradicciones. ¿Qué pasó? ¿en qué etapa de la planificación se equivocaron? ¿acaso no dominaban un arte que hasta ese instante les pertenecía?.

Frente al caos resultante, los estudiantes realizan una introspección que posiblemente les ayudará a entender lo ocurrido. En un primer plano, entienden que toda actividad productiva posee fases de planificación, ejecución y proyección, pero no contaban que dichas etapas están llenas de subjetividades y abstracciones, propias de los seres humanos, que pueden transformarse, como en el caso de este primer encuentro, en entes catalizadores de nuevas sensaciones. Para algunos, esto significa el derrumbe de los castillos de arenas construidos a lo largo de unos cuantos años de estudio, para otros, un requisito cualquiera que ha sido superado. Pero al final sólo unos pocos entenderán que para desempeñarse en una profesión “tan incomprensible y voraz” como el periodismo es necesario poseer, más que innatas facultades para la memorización, la humildad de llamarse ser humano, titulo que pocos logran alcanzar y algunos menos lograran comprender.

Un cuento de recuerdos

En ciertas ocasiones, detienes el reloj para retroceder las temporales agujas a través de un ejercicio de la memoria. Este acto, algunas veces doloroso y revelador, ayuda al individuo a invocar y exorcizar ciertos recuerdos cuyo retorno siempre deja algún tipo de enseñanza.

En medio de esta noche de insomnio, cual bruja en luna llena, decido conjurar a la memoria para que el dios del sueño aparezca. Sin fijarme cómo ni cuándo las cosas a mí alrededor cambian de sitio, la cama, el escritorio y los libros se esfuman y dan paso a una vaporosa aula de clases, la misma que frecuentaba cuando cursaba el cuarto grado.

Y allí estaba yo, sentada, con mis crinejas y mi pulcro uniforme, en el tercer puesto de la primera fila, cercana al escritorio de la maestra. Siempre escogía ese lugar porque podía escuchar y ver mejor lo que la profesora enseñaba, especialmente durante las clases de castellano y artística, y todas aquellas que me permitieran hacer uso de mi imaginación. Es por ello que siempre era el “primer frijolito” que aparecía en cuanto acto inventaran en la escuela. No había día de la madre, del padre o de la bandera, día del árbol, de la cruz de mayo o semana de alimentación, que yo no participara. Esto no lo hacía con la finalidad de sacar buenas notas o destacarme de los demás; todo lo contrario, lo hacía con el objetivo de divertirme mientras me disfrazaba y jugaba en horas de clase. Pero este recuerdo no fue nada divertido.

Sonaba el timbre de salida en el preciso instante que la maestra dictaba cuál sería la tarea para el día siguiente: debíamos escribir un cuento y un poema, no importaba el tema, sólo que fuera de nuestra propia invención.

Qué feliz me encontraba al regresar a casa, desde hace mucho tiempo sabía que lo mío era escribir o por lo menos inventar historias. Desde pequeña gozaba con los cuentos de mi madre y esta sería mi oportunidad de hacerlo por mi solita. Pasé toda la tarde pensando y escribiendo. Al final, construí una historia protagonizada por bruja que secuestra a un niño para comérselo (menos mal que en aquella época no sabía sobre derechos de autor) pero que desiste de su intención cuando éste le propone ser su amigo y llevarla a conocer a su familia. Era toda una historia cursi y sencilla, digna de Disney, pero era mi historia, yo solita había escrito cuatro páginas y sin dibujitos, cuando lo asignado era mínimo una. Esa historia me encantaba, la había escrito con el mayor de los gustos y me sentía satisfecha. Y eso que no les mencioné del poema, era hermoso, sin un error ortográfico y con una rima sencilla donde hablaba sobre Venezuela como si me refiriera al cuerpo humano: “el Amazonas su pulmón y el Ávila su corazón…”. Ese poema era mío, lo había escrito una niña de diez años a la que le gustaba mucho, sólo faltaba ver qué decía la maestra.

Al llegar a clase, la señorita pidió que cada uno pasara a su escritorio con el cuaderno, como sabía que mi historia era larga, decidí hacerlo de última. Mi corazón latía rápidamente, mis manos frías extendieron el cuaderno a la maestra para después entrelazarse una a otra, tras las ansías de saber cuál sería su opinión sobre mi primer cuento escrito. Como podrán suponer la maestra tardó más de lo debido con mi cuaderno, pasaba las páginas y mientras lo hacía alzaba su rostro para mirarme. Al terminar, ella cerró el cuaderno y me mandó a que me sentara en mi pupitre. No me parecía que su cara fuera de alguien que le gustara lo que escribí y sus siguientes palabras me lo confirmaron: según ella, ambos, el cuento y el poema, eran muy buenos pero que iba a felicitar a mi madre por haberme ayudado… ¿cómo? ¿a mi madre?... pero, si eso lo escribí yo, yo solita sin ayuda de nadie...

Por más que dije que era mío, por más que me defendí nadie creyó que aquellas líneas me pertenecieran. Recuerdo que por un instante me sentí como aquel niño que dibujó una boa con un elefante dentro. Era frustrante tratar de que vieran lo que yo había hecho y más frustrante que me creyeran.

Son las dos de la madrugada, miro alrededor y todo está como siempre. Tomo un lápiz y mi libreta para escribir sobre este aparecido recuerdo. Borro, tacho algunas palabras, reviso la sintaxis y la ortografía ¿será una coma o un punto lo que va aquí? En realidad me cuesta un poco escribir por la cantidad de imágenes que saturan mi mente, aparecen y desaparecen más rápido de lo que mi mano se mueve, algunas palabras caen al piso por el marco de la hoja, no puedo encontrar las correctas, otras se pierden para siempre. Ahora que lo pienso, cuando tenía 10 años escribía mucho mejor que hoy, lamentablemente esto cambió el día que una maestra frustró mis sueños de escritora.

Mi lora es un canibal...!


¡Mi lora es un caníbal! Sí, como escuchan: ¡Mí lora es un caníbal! La muy desgraciada, con menos de tres meses de estar en casa, atentó y acabó con la vida de unos tiernos periquitos. Desde hace tiempo había observando cierta conducta extraña en el verde animal. Con decirles que a mi ni siquiera me quiere. Cada vez que trato de acercarme ella me mira fijamente con ojos de bestia letal, seguidamente, hace gestos extraños y lanza tremendos picotazos directo a mis dedos, que en más de una vez ha acertado. Pero, en esta ocasión fue diferente, ayer hubo muertos, sangre y plumas.

Como a mi hermano no le gusta tenerla encerrada, porque según él este es un animalito para estar “libre”, decidió no comprarle jaula y mantenerla en varios sectores de la casa. Fue así como ella se apoderó de una silla cercana a la biblioteca, de la puerta de la cocina y de dos palos ubicados en el fondo de mi casa bajo las tres jaulas de unos periquitos cantores. Es tal el privilegio y la aceptación que este animalejo posee dentro de mi familia que hasta su caja de dormir está dentro del cuarto de mis hermanos, con palito, comida y confort ilimitado. Ya que según ellos, es “tierna y agradable”, además de ser “única” por que, por si fuera poco, esta lora se cree perro.

Sí, “perro”… la muy condenada se cree perro: aulla, gruñe y ladra como perro. Posiblemente esto se deba a la capacidad innata de estos animales para imitar algunos sonidos, especialmente la voz humana; pero en el caso de esta lora, creo que lo hace para manipular y así aumentar sus aceptación dentro de mi casa. Todos dicen que es linda, todos menos yo. Siempre me ha dado mala espina, ella me mira de reojo como si supiera que yo sé quién es, y ayer terminó por darme la razón.

Antes del fatal ataque, el comportamiento de la lora se limitaba a rondar las jaulas de los periquitos. Semejante a un cazador miraba deseosa a los indefensos animalitos, rondaba su espacio, subía y bajaba sobre las rejas y el techo de las tres jaulas, los observaba y de vez en cuando metía su pico para agarrar no sé qué. Los periquitos intranquilos saltaban de un lado al otro, se metían en sus casas y pocas veces salían a comer. Ellos sabían de sus intenciones, lo intuían, pero eso no fue suficiente para imaginar lo que vendría después.

A las primeras horas de la mañana todos desayunábamos cuando escuchamos los alaridos y el bullicio que producían los periquitos dentro de sus jaulas. Al llegar, nos encontramos con una escena nada común: la pequeña bestia verde atenazaba con su pico, metido entre los barrotes, la pata de uno de los pequeños. Mi hermano como pudo la apartó y sacó al malherido de su jaula. Un grueso y brillante hilo de sangre brotaba de su pata en cuyo extremo vimos con sorpresa que le faltaba uno de los dedos, la muy desalmada se lo había arrancado de un solo picotazo.

Pero lo grave aún no había ocurrido. Mientras curábamos al periquito escuchamos una nueva algarabía, pero esta vez mucho mayor. Como si todo fuera parte de un premeditado plan, la ahora, lora asesina había aprovechado la jaula abierta y atacado al otro pajarito que quedaba, lo sostenía con sus garras mientras su pico destrozaba su barriguita. Ella me miraba mientras ladeaba su cabeza limpiándose la sangre del pico con sus patas.

Quizá ella acabe con los pajaritos que aún quedan; pero, mientras tanto, la mantendré continuamente vigilada, desconfiando de todo lo que haga porque sé que las próximas víctimas serán mis dedos.

Entre músicos te veas...

Un caminante me dijo que el mundo estaba habitado por plantas, animales, seres humanos y músicos. No se sorprendan por esta clasificación porque mi amigo tenía toda la razón: los músicos no entran en el resto de los renglones –ni los artistas pero estos son para otra historia – ya que pertenecen a una “especie” completamente diferente.

Si llegaran a dudar de mi premisa, dejen que les cuente cuáles son las bases de ella:

Tengo dos hermanos músicos, y no creo que usted en una sola mirada pueda decir que son diferentes, pero contrariamente, a veces lo parecen. Ellos son viejos prematuros, vástagos de los sesenta y setenta, con sólidas convicciones y opiniones que opacan a cualquier otro individuo de su misma edad. Es que los músicos hasta parecen caminar de forma diferente, lo hacen con un compás que sólo ellos entienden. Y no sólo eso, escuchan cosas que sólo ellos pueden escuchar; algunas veces, mis hermanos, cada uno por su lado, interrumpen abruptamente nuestras conversaciones para dirigir sus cabezas hacia donde parece provenir el sonido, algunas veces pienso que coleccionan sonidos. Hablan de que tal cosa hizo un sostenido no sé qué… que el golpe de la puerta es un do no sé cuánto… etc., etc., etc. ¡y yo no los entiendo!

A pesar de eso habré de considerar que esto no pasa con todos lo que se consideran músicos. Como dice mi hermano “hay muchos que ejecutan un instrumento pero pocos son músicos de verdad”. Y en ello tiene toda la razón del mundo, podrás poseer una destreza increíble para ejecutar un instrumento, conocer la técnica de memoria, o imitar una que otra balada que está de moda; pero pocos son los que llevan el arte en la piel, los que aman y sienten la música como una filosofía, los que no imaginan su vida sin que ésta esté presente. Aunque, sólo puedo hablar desde la barrera, porque la música es una pasión que disfruto con ciertas limitaciones, considero que este arte es una pasión que te acerca, y en algunos casos te aleja, al hombre haciéndote más humano y sensible.

Me equivoqué de autobús

Ésta noche, mientras escucho una canción de Billos dedicada a una “Caracas Vieja”, caigo en cuenta que me perdí en el camino del tiempo porque agarré el autobús equivocado. Hoy, muy a mi pesar, entendí que jamás conoceré a Pacheco con sus flores de Galipán; no comeré un pan de horno de esos que vendía el hornero por San Martín; a esto se le agrega que jamás jugué con una carrucha ni con carritos hechos con lata de sardina y rueditas de chapa; peor aún, la muñeca de trapo que me hizo mi mamá la abandoné por fea y vieja en algún lugar de mi casa; mas, puedo decir que jugué la “erre”, "pisé" y la “candelita” en primer grado.

No dejo de pensar que realmente me equivoqué de año, o ¿será acaso que he escuchado tantas historias que inconscientemente he creado una afinidad con esa época? Aún así, no dejo de pensar las fiestas que me perdí, los carnavales de Caracas a los que no asistí… ¡Díos mío, ni siquiera bailé con Cheo García, y jamás en mi vida he visto una Negrita!

Hoy solicito que me regalen un pasado, un recuerdo bonito, una nueva aventura. Hoy quiero ver televisión en blanco y negro, y escuchar el último capítulo del “Derecho de Nacer”, o por lo menos, al “Monje Loco” antes de dormir. Definitivamente, hoy me pegó la nostalgia, pensar que ni quiera he pagado con una locha y mucho menos he tomado una morocota entre mis manos. ¡Vaya suerte la mía! ¿y a esto lo llaman Modernidad?...

Nota: Al hacer click en la foto podrán disfrutar de: VIEJAS FOTOS ACTUALES un grupo que me consuela

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