En lo que Creo: El CREDO de Áquiles Nazoa
Algunas veces tengo la sensación que este credo, tan conocido por todos y desconocido por muchos, ha sido utilizado en los últimos años para el provecho de quienes están acostumbrados a tergiversar lo más valioso de un pueblo: su cultura. Pareciera que el afán del provecho personal a unos supuestos ideales (no pretendo ofender a nadie pero así lo siento) pueden más que la razón, la sensibilidad y la creencia en las cosas buenas. Con el paso del tiempo se han apoderado, excluyentemente, lo que antes era de todos. Así lo hicieron con el nombre de mi país, La historia, la bandera, Bolívar, la rebeldía, la revolución, el comunismo, el color rojo, Alí Primera, y para usted de contar. Antes, ser comunista o socialista -usted escoja- era un sueño rozando lo utópico. De eso hablaba el "mechúo" de la escuela de sociología, o el loco que leía de todo, ese quien en el fondo sentía que las cosas podían ser mejor. Pero señores, y lo dejo muy claro desde mi modesta opinión, lo que se vive acá no es comunismo ni nada, es un populacho barato, de mal gusto, que distorsiona lo bello del pueblo.
Creo en el AMOR y en el ARTE, como vías hacia el disfrute de la vida perdurable
Creo en las monedas de chocolate que atesoro bajo la almohada de mi niñez.
Y creo en mi mismo, puesto que sé que alguien me ama.
jueves, septiembre 27, 2007 | | 0 Comments
Sobre olores y recuerdos.
No podemos negar que la memoria es una cosa seria y de “primera necesidad”. En mi caso siempre digo que tengo una memoria fatal: no puedo recordar qué hice ayer, no recuerdo ni aniversarios, ni fechas importantes, ni cumpleaños, ni nombres, de broma recuerdo rostros; ni siquiera recuerdo dónde estuve hace una semana. Ante tal situación, podrán imaginar que no puedo mentir como quisiera porque en pocos días olvido lo dicho y suelo “meter la pata”.
Contrario a esto, sí puedo recordar cosas que ocurrieron hace muchos años. Por ejemplo, aunque mi madre lo niegue, recuerdo que siendo una cría, de casi un año, me encontraba con ella en San Mateo, pegada a su pecho (mame hasta los tres); recuerdo que además de la sensación tan placentera que experimentaba, veía la luz que entraba por una puerta; de repente, y sin avisar, mi madre me cambia de pecho, empiezo a llorar, grito y me quejo, y no era por el imprudente cambio sino porque mi pierna había rozado con el alfiler, nefastamente abierto, que mi madre solía colgar en su bata (aunque no lo acepte, ella tiene un fetiche con los alfileres, sean pequeños y dorados, o medianos, o los cabezones de gancho con que agarraban los pañales: el arma punzante de este cuento). Y lloré, lloré y lloré… de ese accidente me quedó un cicatriz en mi pierna izquierda, cerca de la rodilla.
Y así los recuerdos se presentan, demostrando que lo que sucede en mi memoria no es problema de capacidad, sino de espacio, de disco duro. Es decir, se supone que los nuevos recuerdos sustituyen parte de los más antiguos; pero en mi caso sucede lo contrario: los recuerdos viejos siguen allí, frescos, recurrentes, longevos, mientras los nuevos tienden a desaparecer. Es que me infancia fue tan grata, tan rica y agradable que no puede borrarse tan fácilmente, por lo cual ocupa el porcentaje más alto de mi disco duro, modelo 386. Así que no me culpen por mi falta de memoria, prometo hacer cuando sudoku aparece en el diario, ya que con los crucigramas no me va muy bien.
La memoria infantil no se reduce a imágenes, en mi caso los olores son de los recuerdos más exquisitos que puedo disfrutar, porque mi fetiche son los olores. Mi infancia huele a caraotas, a cambur con pan, a vick-vaporub en el tilo, a mentol chino, al chimó que comía mi abuela, y a las tajadas con queso que solía prepararme; y otras cosas que de sólo pensarlas me hacen agua la memoria. Pero existe un olor que siempre me va a mover el piso, un olor que aún de “grande” disfruto a más no poder: el olor de una caja de lápices de colores nuevos. Woowwwww!!!!... Mi sueño era (es) tener una caja de 48 (o más) colores Prismacolor o Faber-Castell (los que vienen en una caja de madera…hummm) sólo para olerlos. Es una sensación casi orgásmica la que experimento cuando estoy a punto de abrir una caja, el instante en que todos mis sentidos explotan: la vista saborea cada uno de los lápices, sus matices, la forma… hummmm… pero es mi nariz la que más disfruta ese olor a madera, a mina, a no se qué, sólo comparable al olor de una resma de papel, un cuaderno o un libro nuevo o viejo. A causa de este festín de olores fui feliz cuando trabajé en una librería. ¡Como comprendo a Grenouille!
Pero ¿saben? No soporto los olores fuertes. No soporto el olor a Channel, a Anais-Anais, ni ninguna otra fragancia similar; de broma soporto el sutil olor de algunas cremas para el cuerpo. Los olores fuertes me causan nauseas, me marean y pueden trastocar un instante que parecía perfecto (como la vez que siendo las seis y media de la mañana, camino al colegio, casi vomito encima de una vieja que llevaba un perfume chillón). Y consté que he buscado un olor con el cual identificarme, pero nada… no lo encuentro. Eso demuestra que siempre estaremos tras la búsqueda de algo, cuya escogencia está influenciada por recuerdos y gustos vinculados con el placer y el bienestar. Por lo tanto, aún continuaré tras la pista de un olor que se acerque a mis intereses, un olor que se parezca a mí. Probablemente lo encuentre cuando inventen una fragancia de lápices de colores con gotas de sándalo.
sábado, septiembre 22, 2007 | Etiquetas: el bolso, familia, yo | 2 Comments
Un Cuervo Estigmatizado
Antes de penetrar un mundo marcado por el vértice de un arte encomiendo mi nombre a la Santa Cruz. No por creyente sino por precaución. Porque este hombre, a quien observé por vez primera en los pasillos del Salón de Lectura durante la inauguración de su muestra “Trasiego, memoria y permanencia”, es capaz, con sus palabras de tono pausado pero preciso, con esa mirada penetrante, de persuadir al más inocente de los hombres a cometer algún pecado.
Y aparece… allí está el hombre que me provocó estos injustificados miedos. Parece mentira que un ser de apariencia tan sencilla, casi desgarbada, ataviado de un traje azul que no deja ver su pecho y unos pantalones que hace mucho tiempo dejaron el color vinotinto en alguna parte de la casa; logre tanta admiración y temor en quienes lo observan. Freddy Pereira se parece a las botas amarillas que porta: con el pasar de los años aún le queda suela para marcar huellas en el terreno de otros caminos.
Al primer paso se puede percibir lo excepcional de este recinto. Arte Vértice es una galería, un depósito de obras, una oficina, el hogar de Freddy y su familia, y lo más importante: es el estudio del artista. Todo fue diseñado completamente por él como un arquitecto aficionado. En cualquier rincón de este edificio puedes encontrar obras elaboradas por Freddy u otros artistas, algunas son “trueques”, intercambios que han permitido acuñar un exquisito museo, digno de ser admirado nuevamente por el público. Arte Vértice lleva cerrado siete años.
Freddy Pereira está lleno de múltiples significados. En su delgado cuerpo converge el bien y el mal, quizá por esta sutil pero profunda característica sus José Gregorios y sus “Santas María de la Onza” rozan el perfil de lo mágico, de lo divino, haciéndose terrenales, accesibles. En algunos crean admiración, en otros: repudio, especialmente, en aquellos que consideran ofensivo observar al “Santo de los Pobres” contrayendo nupcias con la Diosa de Sorte. Pero, es que ambos parecen tan felices en ese lienzo que no dejo de pensar que son el matrimonio perfecto entre lo sagrado y lo profano. Los que no pueden entenderlo olvidan que Freddy les recuerda que estos dos personajes nacieron en el pueblo y no en el pedestal de lo divino y del aquelarre.
Mientras conversamos un libro con titulo de mujer llama mi atención. Imagino que esta mujer pudo ser su amante. Porque Freddy es un excelente seductor, lo demuestra en cada gesto y actitud. Posee un aura de gran atractivo. La única creencia que mantiene a sus 53 años es el creer en la belleza, nunca dejará de afirmar que las mujeres lo formaron y todo lo hay en él es gracias a ellas. En su cuerpo descansa una francesa, una bailarina y otras tantas que con sus labios y sus cuerpos construyeron a un hombre muy particular, a un chamán, un cuervo, un brujo que logra cosas inimaginables.
“Uno es lo que ha hecho (…) si te sientes feliz con lo que eres has cumplido con la misión. Si te sientes infeliz, derrotado, tendrás que hacerte ver por un psiquiatra (…)”. Lo siento Freddy, a causa de tus palabras hoy reservé la cita con mi psicóloga. Esta entrevista habrá de continuar a tu pesar, eres demasiado extenso para resumirte en dos cuartillas. Aún no estoy conforme.
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Casi seis años han pasado desde aquella entrevista y Freddy Pereira aún no deja de ser una incógnita. Los años pasan pero su tiempo es distinto al resto de los seres. Su cabello ha crecido, inundado por la rebeldía de las canas; pero su delgadez e intimidación aún se mantienen. De vez en cuando Arte Vértice permite que se cuelen visitantes entre sus pasillos, y a sus múltiples rostros se le unió el ser un espacio de ensayo y muestra teatral. Este edificio apunta hacia el cielo. Freddy construyó otro rincón exuberante y distinto, como él, para su descanso.
Con el tiempo aprendes a rezar sortilegios y “contras” para tu protección. Quizá por ello es que Freddy se me volvió más humano y terrenal como sus José Gregorios; pero aún mantiene ese aura de misterio como un estigma que marca su presencia.
Ahora, son mayores los compromisos. Sus manos han sido prestadas desde el lienzo hacia la producción, dirección y montaje de obras de teatro, así como la coordinación de una Escuela Regional. Pero, los viejos brujos no pierden las mañas. Sea en el lienzo o en el escenario Freddy no deja de ser un provocador natural. Su humor negro y visceral se llena reacciones adversas que van desde la admiración al aborrecimiento.
Dicen que los miedos hay que enfrentarlos, que los monstruos desaparecen cuando encendemos la luz y miramos debajo de la cama. Freddy es un monstruo interiorizado, cercano, un monstruo terrenal, con algo de divino, que ha sido observado a los ojos, y que aún no deja de ser atractivo y seductor.
lunes, septiembre 10, 2007 | Etiquetas: Entrevista | 0 Comments
Observando...
En esta oportunidad me voy a permitir cierta licencia para divagar analíticamente sobre un "fenómeno" (si cabe tal designación) que he observado. El mismo se refiere a que ya no es necesario imaginarnos al típico turista asiático, en pantalones cortos y cámara al cuello, caracterizado por viajar y tomar fotos en exceso, especie de souvenirs mnenonímicos, sin detenerse a "percibir" o analizar lo que fotografían. Estos viajeros sin tiempo ya no vienen del Oriente, están en todos lados: en los museos, en los conciertos, en las plazas, centros comerciales y demás "casas de empeño" donde cualquier excusa es válida para preservar el "recuerdo".
¿Pero cómo lo hacen?. La versatilidad y rapidez de la tecnología permite el uso, casi inmediato, de herramientas completamente disímiles. Ya no hace falta ser fotógrafo profesional para acceder a un cámara de mediana calidad porque tu celular, el mismo que llevas en el bolsillo, posee lo necesario para desenvolverte en un mundo de imágenes.
Pero esto no es lo que me llama la atención, aunque lo merece, lo es la ACTITUD del espectador frente a lo que se supone es una obra de arte. Si tomamos en cuenta que toda obra de arte (pintura, escultura, instalación, concierto, etc.) es un proceso de comunicación donde a grandes rasgos existe un emisor o artista, un mensaje codificado en una obra y un receptor o espectador, nos lleva a preguntarnos cuál es el papel que juega esa fotografía como elemento "decodificador" del mensaje.
Disculpen de antemano pero aquí empieza mi divagar delirante...
Este hombre postmoderno, genio del consumo "cool", es exponente de lo efímero (no sé qué otro término usar) del consumo de sensaciones. Este es incapaz de observar su alrededor. Cinco minutos frente a una obra sin "hacer nada" equivale a "una pérdida de tiempo", importantísima, porque, aunque no lo parezca, este hombre siempre está sobre la hora.
Curiosamente, este espectador (traducido como "aquel que mira con atención, con contemplación un objeto o espectáculo capaz de producir deleite, dolor u otra sensación) llama a estas experiencias "tiempo libre, ratos de esparcimiento... de ocio", y aún así están esclavizados a un reloj; aunque, ¿sí no es el tiempo lo que pierden, porqué son incapaces de permanecer un minuto frente a algo, en estado de contemplación?. Parecieran ser seres incapaces de sentir, de analizar, de oler, de vivir.. o será ¿qué yo estoy equivocada?.
Verlos es una especie de ritual que se repite una y otra vez: llegan, miran de arriba a abajo, sacan la cámara y pasan al objeto siguiente. En el caso de la pintura ya no importan (si alguna vez tuvieron importancia) los trazos, la imagen o lo qué sea. La obra es fragmentada, reducida a pixels, y por lo tanto "reconstruida" en una imagen que si se quiere es completamente distinta a la original, la cual habrá de ser observada en otra ocasión, si es que el tiempo no los permite, sea a través del propio dispositivo (teléfono móvil o cámara digital) o de un ordenador.
Dejemos las pasiones a un lado y tratemos de ser objetivos...
Esta forma de interacción es completamente válida. Ya no sólo hablamos del uso de los medios digitales como galerías virtuales (net work) ni como medios de producción (net art). En esta interacción creador-obra-espectador, el espectador participa también como creador. No sólo la interpreta (si es que hay tiempo para interpretarla) él la vuelve a decodificar a través de sus propios códigos y transmite un nuevo mensaje para así crear una nueva obra...
Esto es sólo el principio, mejor me pongo a investigar y a leer, semióticamente, la forma en que puedo abordar estas particularidades que observo. Mientras tanto, y en nombre del tiempo perdido, espero que la próxima inauguración de alguna exposición a la que asista, después del vino y los pasapalos, en medio de un salón completamente en blanco, me entreguen un pendrive o cd con las fotos de las obras a exponer. Eso sí, si aún no lo han hecho (cosa que dudo), paguen el derecho de autor por la idea.
sábado, septiembre 01, 2007 | | 1 Comments